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Pablo was here

Nos obsesiona que no quede nada tras nuestra vida que atestigüe que la hemos vivido. En ocasiones dejamos un hijo -o un puñado de ellos- y, en otros casos, dejamos deudas, pero siempre queremos una huella indeleble que permanezca aquí cuando nosotros estemos criando malvas.

El amigo que os traigo hoy se lo ha tomado muy en serio. Según he podido leer en una de mis visitas a Now, un adolescente chino ha escrito algo así como “Ding Jinhao was here” en el templo de Luxor, Egipto. No os puedo asegurar que diga eso la inscripción porque no sé leer chino. Ni tradicional ni simplificado.

Comparaciones con el Ecce Homo de Borja aparte -que no se merecen, más que nada por la calidad artística de las víctimas-, me parece grave pero tampoco incomprensible. El ser humano se ha pasado toda su existencia construyendo sobre sus propias ruinas, borrando las huellas de otros y marcando las suyas bien hondo, para que duren hasta que llegue el siguiente ególatra de turno y las elimine. Cuanto más tarde, mejor, claro.

Footprints

Como buen exiliado, yo me conformo con poco; en este caso, también. Siempre he pensado que lo único que sobrevivirá de mí será la memoria de los demás. Sus buenos y sus malos recuerdos serán lo que prevalezca, por más que me haya empeñado en comerle el tarro al todo el mundo. Por eso siempre les digo a los colegas “dales recuerdos de mi parte” cuando van a ver a amigos en común. No es una expresión hecha; al menos, no en mi caso.

A ver cuándo vuelvo a España a saludar a los amigos. Recuerdos para todos desde aquí. Pablo was there.

(Imagen de andy_5322 - Flickr)

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Aquí y así


Todavía estoy aquí, aunque no exactamente; digamos que estoy un poco más allá de lo que solía estar cuando me pasaba por aquí, por Bronterías, que es un sitio más de "ser así" que de "estar aquí". Vuelvo a escribir porque me parecía indecente no detallar mi nueva vida laboral y personal. Tampoco es que hubiera un clamor exigiendo un post; más bien, me resulta económico explicar la historia para todos, sin tener que repetirla, que es bastante coñazo contar lo mismo varias veces.

Ahora vivo en Windsor, Inglaterra, donde la reina -la de aquí, la de las gafas- tiene su chabolita. He venido a trabajar, como muchos otros que se han ido de España. En mi caso, me dedico a ver páginas web. Básicamente. Tengo que buscar una serie de contenidos en internet y catalogarlos; un nuevo trabajo, una nueva vida. No os preocupéis, que tengo intención de abrir un blog en el que describiré de forma un poco más amplia mi curro y en el que contaré las cosas extrañas que me encuentro por internet en la oficina. Que son muchas.

Con esta ya van unas pocas veces en las que he tenido que cambiar mi rutina y empezar otra de cero. De momento, lo que he aprendido es, en primer lugar, que cuantos menos trastos acumules en tu cuarto, mejor, y que, en segundo lugar, el dinero es intercambiable por bienes y servicios, pero también por fianzas para pisos, algo que no es ni una cosa ni la otra, sino más bien un coñazo.

No sé quién me comentó en alguna de las despedidas de hace dos semanas que empezar de cero no sólo tiene lo malo de las fianzas, que un nuevo comienzo está bien porque puedes fingir ser otra persona. He sopesado varias opciones, entre ellas, hacerme animista; podría ser un vegano adorador de las manzanas que todavía penden de las ramas del árbol. O ser supersimpático, el hombre más afable del universo, simpático hasta el paroxismo, de ser tan simpático que le das toda la vuelta a la simpatía y a la gente le acaba pareciendo que eres un capullo de campeonato. O también tomar el camino gangsta de la vida, como me dijo la Lourdes que no hiciera -es una gran fan de que su hijo no acabe en líos "de putas y drogas", cita textual-.

Pero este va a ser mi octavo otoño fuera de casa; lo de las putas y las drogas, pues no. No me da por hacer grandes cambios, creo que ya me he quedado así y así voy a seguir por aquí.

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Abróchense los cinturones que tenemos turbucrucigramas


Os voy a abrir mi corazón: las limas de uñas me dan escalofríos. No he dicho repeluco: va más allá. Me estremezco sólo de pensar en esos ásperos instrumentos de cartón rojo y blanco para la tortura ungular -y, sí, ahí va la palabra chunguilla de esta entrada-. No echo espuma por la boca cuando las veo, pero dadle tiempo a mi cuerpo a que se estropee.

Las historias que cuento nunca salen de la nada; de hecho, suelen tener que ver con viajes. En este caso, lo que sucedió fue que, en el vuelo de vuelta de Florencia con una compañía low-cost de las que diseñan los asientos para erosionar tu menisco y modificar así los caminos de la evolución natural de la especie humana, había una chica dándole a la lima. Además -apunte totalmente relevante-, estaba ocupando un asiento de ventanilla. Incluso diría que, pese a que las plazas no estaban asignadas, estaba en MI asiento de MI ventanilla. Me gusta mirar por el tragaluz del avión cuando atardece porque soy muy teatral y bastante crepuscular.

Intenté tranquilizarme con una transacción simple: El País, 1 euro y 20 céntimos. En realidad, suponía una oferta que no podía rechazar porque era domingo y entonces va más caro; soy un ratilla. Me mantuvo ocupado todo el vuelo porque mientras estaba en Italia, Silvio Berlusconi había dimitido como primer ministro. Pero esa no era la función principal del diario, ya que me lo agencié convencido de hacer el crucigrama que siempre atesora en su interior.

Happy Puzzle

Me aficioné durante la universidad a esa guarrada cuadriculada que ingenia todo los días un tipo -o un oscuro colectivo- que se refugia detrás del nombre de “Mambrino”. En mis ratos libres de entonces me dedicaba al asunto de “Volcán de 7 letras en el 6 vertical: Vesubio”. Al final me duraban poco porque pillaba las intra-coñitas que hace el autor y sabía por dónde iban los tiros.

Pues bien, ni siquiera comencé el crucigrama durante el vuelo, como llevo haciendo algún tiempo. Y no pasa nada, porque creo que esto va de cambiar de costumbres según el guión lo requiera. Para ver si me acuerdo del guión, esta noche me pongo con el crucigrama, una actividad nada digital que me va a distraer de la rutina de bits y bytes. Ya os contaré si me lo he acabado mañana por la mañana -bueno, esto lo estoy escribiendo por la noche pero lo saco al día siguiente, así que la referencia temporal es un poco cacas, sobre todo si se tiene en cuenta que la diferencia entre una actividad y otra es de horas pero aquí sólo hay una línea de diferencia-.

Sí, me lo he acabado. Tengo documentos gráficos. A ver cómo escribo el guión de hoy.

(Imagen de madmolecule - Flickr)

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Va un tío por Eindhoven con un diapasón y

He estado en Holanda por trabajo y he dormido un día allí, si se le puede llamar dormir a quedarse traspuesto durante, aproximadamente, 40 minutos. Me pasa bastante en los hoteles. Sí, en esos sitios con camas más acogedoras de lo que jamás será la mía.

Amigos, no hay ninguna moraleja ni ninguna conclusión para la historia, no tengo ni idea de por qué no me duermo. Simplemente, pasa siempre. Ni valeriana, ni una caña, ni bombones, ni un libro tostón. No funciona nada. Los primeros minutos del día siguiente parezco atropellado, pero luego estoy mucho más concentrado y lúcido de lo normal. La privación del sueño, resulta que es un estimulante para mí. Evidentemente, en la hora a la que estoy escribiendo el post -23:58 del 27 de septiembre, ahora mismo-, permanecer despierto es todo un alarde.

Tampoco hay ninguna razón que salte a la vista. Tener trabajo importante al día siguiente no es un motivo relevante: muchos días sé que voy a manejar un follón gordo y, aún así, como un bebé. Dormir fuera del hogar tampoco suena a factor convincente ya que mi hogar es, desde que me fui de casa, un sitio en el que duermo; a veces, incluso tardo meses en decorar mi cuarto.

Lo otro que me sucede es que cuando duermo mal, sueño, y es exactamente lo que me ha sucedido en esos 40 minutos. He tenido un sueño en el que aparecía dando vueltas por Eindhoven con sonrisa de pilluelo y un diapasón en la mano porque resulta que todas las campanas de la ciudad estaban afinadas en el mismo tono. Y allí estaba yo, de transeúnte alquimista de megahercios, fatal de la azotea.

Algo que no es tan extraño si tenemos en cuenta que cada hora y cada media oía las campanas de la iglesia del Heilig-Hartkerk, que tenía justo en frente de mi chabolo. Moraleja: si me veis dormido, contadme historietas y a ver qué pasa. A dormir, copón ya.

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“¿Es la granja de Playmobil?”


“JUAJHEJA sí, aquí es”. Me sé de memoria el anuncio de la granja de Playmobil, me dí cuenta haciendo un revival en YouTube uno de estos días. Creo que, de hecho, podría reproducir las pausas de respiración del spot, si es que los conjuros satánicos como ese se pronuncian con pausas de respiración. Creo que el anuncio es el primer inception que sufrí en mi vida; luego llegarían los Simpsons con las conversaciones indelebles que me sé de pe a pa.

Ese espantapájaros es un recuerdo durmiente en mi memoria -con perspectiva, he de decir que es una imagen un poco desagradable, el personaje en cuestión tiene un aire de histrión perverso que te cagas-. El problema es que, de no haber hablado con alguien del tema, el bicho habría pasado desapercibido hasta el día de la muerte de cualquiera que estuviera en mi lugar. La conclusión es que la mente de un ser humano está todavía a una distancia inmensa de la de un Jedi.

Washing machine or your life...

No sé vosotros, pero la mayoría de cosas en las que pienso son ensoñaciones y proyecciones hacia el futuro sobre el mundo y yo. He conseguido que esas historias no me distraigan cuando hago cosas importantes, pero cuando mi mente descansa un momento, entonces vuelven a la carga. Si nadie me habla, veo cosicas. Porque en vez de cerebro tengo una hormigonera de esas que te despiertan a deshora por las mañanas. Hay gente que hasta ha oído la hormigonera funcionar.

Ahora veo un futuro en el que alguien preguntará “¿es la granja de Playmobil?”. Puede que ese momento no se produzca este año ni esta década pero, demonios, espero estar allí y conservar mi memoria para contestar.

(Imagen de barockschloss - Flickr)

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De comedias románticas que mosquean

Mi amigo Anuar, con el que no hablo desde hace tiempo y quien merece por ello un buen uppercut, dice que Bronterías tiene un tufillo nihilista que le mola. Me alegro y, es más, estoy de acuerdo con él; sin que sirva de precedente, merengón. Pero creo que detrás de todo el "nihil" fragante que dejo por aquí, algo hay.


Le he estado dando vueltas estos dos días en mi viaje-relámpago-blitzkrieg a la última peli que vi, "Beginners". Fue en el cine porque, como sabéis, ando corto de portátiles, pese a dedicarme al mundo del periodismo de los unos y los ceros. Al lío: estuve frente a la típica película de chicoconocechica, pero bien llevada.


Chico diseñador con un trabajo molón pero que es un poco pringao. Chica actriz que viaja mucho y que dice que antes, lo de ir de hotel en hotel le ponía -traducción del "excite" inglés a mi manera-, pero que ya no le va tanto ese ritmo de vida. En Londres me acordé de la tipa por lo del hotel, pero luego me vi más en el pellejo del tipo, salvando las distancias con Ewan McGregor.


Si existe el precedente, que yo llamaría SUPERPODER, de la nula capacidad para acompañar a una joven vagabunda en su peregrinación por el mundo, las comedias románticas dan materia prima para mosquearse. En el fondo, es autocomplacencia del estilo "oh, si ese tipejo puede, yo también conseguiré que una chica guapa y divertida esté a mi lado; soy mucho más ocurrente y los guionistas no me han puesto en tan mal sitio como a él".


Y así, señoras y señores del jurado, es como funciona esa pequeña felicidad típica del día a día. Es la consciencia de estar escribiendo un buen guión lo que te pega a la Olivetti. Una historia que acabará en una gran traca de final feliz con pañales y que, entre medias, tendrá un montón de concupiscencia y entradas ñoñas al blog por las que tienes que pedir perdón. Especialmente a Anuar, que es el que lo lee con algo de frecuencia.


No más posts sentimentales, que los tengo que reescribir muchas veces porque soy muy machote y me mosquean. El próximo se titulará "cómo sería Pablo si fuera un vaquero o un motociclista asesino". Ese sí que promete.

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La bajona no perdona

Es un hecho. Es como una fiebre que se apodera del ánimo humano. La bajona; tanta historia de avances científicos y todavía no hemos descubierto una cura. Una cura que no tenga forma de pastilla de ibuprofeno 600, quiero decir.

Es normal que estemos de mal rollo después de la alegría. En mi caso, es el asunto de las vacaciones, que se me acaban mañana y el martes vuelvo a trabajar. He de decir -escribir- que las he aprovechado al máximo y que no me sentía tan relajado desde hace 6 años. Por lo menos. Pero lo único eterno es el éxito sostenido de Rafaella Carrá.

Cuando uno está de bajona lo justo es dejarse llevar por el estado patético de las cosas. En mi caso, hoy la inercia me ha arrastrado a un breve paseo por el frescor de la montaña. Todo esto aderezado con banda sonora de Wilco, como no podría ser de otra manera para parecer más modernete melancólico. De esos chungos que te dan vergüenza ajena con sus bigotillos de modernete melancólico.

No obstante, me queda alegría todavía para, aproximadamente, 60 años más. Lo que no me queda es caudal de diversión del bono de internet en el móvil. Por cierto, que muchas gracias por leer estas cosas y que intentaré resolver los problemas de navegación que tenga la página. Hoy no, que estoy de bajona.

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Odio los polos

Los de vestir. No tengo nada en contra de los helados. Pero la prenda, ay; hay pocas cosas que entienda menos y que me gusten tan poco. No es que me caigan mal los estereotipos de gente que lleva polos, es que simplemente creo que los percibo como una combinación espuria de una camiseta y una camisa. Un error cósmico en forma de atuendo.

Las camisetas son bonitas. Tengo muchas. Las camisas también son bonitas. Tengo muchas también. Pero me molesta muy hondo que alguien pensara que de la combinación de ambas puede salir algo bello. El resultado es algo necesariamente contradictorio.

Casi tanto como estar orgulloso de dimitir de un cargo público por estar presuntamente implicado en una presunta investigación que intenta clarificar un presunto delito de corrupción. O tanto como decir que se tiene la solución a la crisis económica y no hacer nada para solucionarla. Lo mismo que estar equivocado -o no tener ni idea- y gritar que uno tiene la razón.

Pese a todo, defiendo el derecho a rectificar; no considero necesario reiterar una contradicción hasta el paroxismo. Por eso, listillos del mundo, no más tonterías: seamos consecuentes con nuestras faltas y no intentemos quedar por encima de donde estamos. Por eso, gente de la moda, no más polos.

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Empezar un blog es de gilís

Y más, retomarlo en vacaciones. Supongo que tendré el típico mono de escribir que sientes cuando te ves alejado de la complicada costumbre y compromiso de volcar a toda leche algunos pensamientos en palabras.

De momento sólo he hecho entradas chorras –y muy espaciadas, por meses, en el tiempo- del estilo quésíyquénovoyahacerconesto pero es que no tengo mucho que contar, aunque a lo mejor toda mi corta vida daría para narrar alguna batallita. Para ser sincero, espero que la mayoría de lo que me pase venga de aquí a 40 años. Bueno, 44 por lo de la jubilación y los 67. Después, espero ser uno de esos abuelos rockeros que parten la pana en programas familiares. Confío, de hecho, en ello a tenor de mi pasado de melenas y guitarreo. Estoy haciendo demasiados números en un mismo párrafo.

Por cierto, me da mucha pereza hacer un blog, por si no os habíais dado cuenta. Tengo la impresión de que cualquier memo puede hacerlo y que si yo lo hago seré un memo más. Lo de que alguien me lea o no me resulta tan útil como saber lo que ese “lea” o ese “no” piensen de lo que escribo. Si quiero crear para otros ya tengo un oficio de escribir pero en horario de oficina.

Mi única gesta hasta ahora ha sido acabar la universidad y empezar a trabajar. Me gustaría ganar algo de perspectiva para poder explicaros qué cosas buenas y malas tiene cada cual, así como qué cosas buenas y malas tiene mi vida. Debería también esperar para encontrar un enfoque literario para todas las movidas nimias que me pasan. Pero bueno, ya llegará.

Prometo no ponerme así de panoli muy a menudo; valga, de momento, la mejor de mis intenciones: expresar lo que pienso de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Aunque sean chorradas. Aunque siempre sean sólo chorradas.

Me quedan pocos días de asueto, así que intentaré escribir algo en estos cuatro días si me aburro. Retomar un blog en verano es, aparte de una gilimemez, un tedio asqueroso. Mucho más estúpido si lo retomas con otra entrada chorras. Yuhu.

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